Slider

Olimpiada de Haifa, 1976: la travesía silenciosa de seis costarricenses.

Por Dizán Ernesto Alvarado.


*Haifa, 1976.

El Mediterráneo hervía de tanques y de alfiles.

Mientras el mundo se partía en dos —Guerra Fría de un lado, Medio Oriente ardiendo del otro—, seis costarricenses bajaron de un avión con tableros bajo el brazo, como quien lleva un arma silenciosa hacia el corazón del ajedrez mundial.

No sabían que estaban a punto de escribir, ronda a ronda, derrota a derrota, milagro a milagro, la página más alta que Centroamérica haya firmado jamás sobre 64 casillas.


En www.pasionajedrez.com y su equipo de webmasters nos encanta el relato, la investigación con rigor y hacerles recordar a los compañeros de entonces y educar a "los nuevos", en algo que es muy importante, aunque suene simple o predecible, no hay presente sin pasado. Somos respetuoso de la historia y de sus actores.  Antes de entrar a la Olimpiada XLVI que inicia esta madrugada de miércoles, queremos traer a colación la mejor actuación de una selección Centroamericana en este colosal y magnifico evento que es la Olimpiada Mundial.

El Faro Centroamericano como cápsula del tiempo viaja a 1976 y alumbra su otoño que llegaba tarde al Mediterráneo aquel año. En Haifa, el mar seguía tibio y los ajedrecistas venidos de países más fríos bajaban entre partida y partida a bañarse en sus aguas, como si el tablero pudiera esperar unos minutos más. Nadie hubiera dicho, viendo aquella escena casi turística, que el mundo entero atravesaba uno de sus tramos más sombríos. 

Pero así era: en el otoño de 1976, cuando el ajedrez todavía se jugaba con relojes mecánicos, planillas manuscritas y silencios que parecían interminables, seis costarricenses cruzaron medio planeta para sentarse frente a algunos de los mejores jugadores del mundo.


Jaime Vaglio Muñoz, Joaquín Gutiérrez Mangel (foto), Juan León Jiménez Molina, Mario Salas Leal, Marco Chaves y Hernán Sobrado componían aquella delegación. No llevaban más que una bandera pequeña y la dignidad silenciosa de un ajedrez centroamericano que buscaba, por primera vez con tanta fuerza, hacerse respetar en el escenario mayor.




Un mundo dividido.

1976 era, ante todo, un año de contrastes brutales. La Guerra Fría seguía repartiendo al planeta entre dos bloques; Vietnam acababa de reunificarse bajo un régimen comunista; en China, Zhou Enlai y Mao Zedong morían casi al mismo tiempo, dejando abierta una pugna feroz por el poder; en Argentina se instalaba una dictadura militar; en Sudáfrica estallaba el levantamiento de Soweto. Los terremotos de Guatemala y de Tangshan habían dejado, meses antes, una herida imborrable en la memoria mundial. Y en julio, mientras medio mundo seguía preocupado por sus propias fronteras, la sonda Viking 1 se posaba en Marte: la misma humanidad capaz de destruirse era, simultáneamente, capaz de tocar otro planeta.

En ningún lugar esos contrastes eran tan visibles como en Medio Oriente. La Guerra de Yom Kipur, apenas tres años atrás, seguía fresca en la memoria israelí. Y a poco más de cien kilómetros de Haifa, el Líbano se desangraba desde abril de 1975 en una guerra civil ya convertida en un rompecabezas de facciones cristianas, musulmanas, palestinas y sirias combatiendo sin un frente claro.

Israel, por su parte, era todavía un país joven —apenas veintiocho años desde su fundación—, gobernado por Yitzhak Rabin, con Ephraim Katzir en la presidencia, y con una población que rondaba los tres millones y medio de habitantes. La inflación, las huelgas y la sensación de deterioro económico convivían con un orgullo nacional que meses antes se había visto reforzado por la espectacular Operación Entebbe. Era, en suma, un país que sabía sostenerse en el filo entre la vulnerabilidad y la firmeza.


La ciudad que mira al mar y al Carmelo.

Haifa no era Tel Aviv ni Jerusalén. Era, y sigue siendo, una ciudad portuaria e industrial, construida literalmente en desniveles: el monte Carmelo cae hacia la bahía y el Mediterráneo, y sobre esas laderas se apilan el puerto, las fábricas, los barrios residenciales y las calles que trepan hacia lo alto. Menos monumental que otras ciudades israelíes, más mediterránea que turística, Haifa ofrecía sin embargo algo que los visitantes agradecían de inmediato: el mar estaba ahí mismo, a un paso de cualquier hotel.


Y sin embargo, bajo esa postal amable, la ciudad vivía una tensión constante. Las autoridades israelíes habían decidido que la seguridad de los participantes era innegociable, y el despliegue militar alrededor de los hoteles Nof y Dan Carmel llegó a ser tan visible que,  daba la impresión de que buena parte del ejército del país custodiaba aquellas calles. Aun así, entre soldados y tableros, la vida seguía: hubo excursiones en los días de descanso, hubo hospitalidad, hubo —como suele ocurrir en el ajedrez— una extraña normalidad instalada sobre el filo de la excepcionalidad.

La XXII Olimpiada.

Fue justamente en el Hotel Dan Carmel, sobre esas laderas, donde se disputó la XXII Olimpiada de Ajedrez, entre el 26 de octubre y el 10 de noviembre de 1976. Cuarenta y ocho equipos y doscientos ochenta y seis jugadores —entre ellos veintitrés grandes maestros y veintinueve maestros internacionales— se dieron cita en Haifa. Fue, además, una edición bisagra en la historia del ajedrez organizado: por primera vez la rama masculina abandonó el complicado sistema de grupos y adoptó el sistema suizo, el mismo que hoy sigue rigiendo la mayoría de los grandes torneos.

Ese era el escenario —geopolítico, humano, deportivo— al que llegaban los seis costarricenses. No a jugar en el vacío, sino en medio de un mundo que respiraba tensión por todos sus costados.

Una campaña de caídas y resurrecciones.

El inicio fue áspero. Chile derrotó a Costa Rica 3-1 en la primera ronda, y Paraguay repitió la dosis con un 2½-1½. Dos jornadas, dos derrotas: el tipo de comienzo que suele anticipar una Olimpiada de sufrimiento silencioso. Pero las historias que merecen contarse rara vez se resuelven en su primer capítulo.

En la tercera ronda, frente a las Islas Vírgenes estadounidenses, el tablero empezó a cambiar de dueño: 3½-½ para los costarricenses, con victorias de Jiménez Molina, Chaves y Sobrado. Fue apenas un respiro. Nueva Zelanda volvió a golpear con un 3-1, llegó después un empate 2-2 ante República Dominicana, y una nueva caída frente a Irlanda. Al cerrarse la sexta ronda, nada en la tabla anunciaba una hazaña.

Quedaban siete rondas, sin embargo, y el ajedrez —como casi todo lo que vale la pena— suele reservar sus mejores argumentos para cuando el lector cree ya conocer el final.

La séptima ronda marcó el giro. Ante Hong Kong, Costa Rica firmó un contundente 3-1, con tablas de Vaglio Muñoz y Jiménez Molina y victorias de Chaves y Sobrado: eran, notablemente, los tableros traseros los que empezaban a inclinar la balanza. Guatemala, el vecino centroamericano, devolvió el golpe con un 2½-1½, aunque Jiménez Molina volvió a sumar. La respuesta no se hizo esperar: un arrollador 3½-½ ante Honduras en la novena ronda, seguido de un ajustado 2½-1½ sobre Bolivia en la décima. El equipo que había arrancado con dos derrotas consecutivas acumulaba ahora una racha que obligaba a mirar de nuevo la clasificación general.

Bélgica cortó el impulso por la mínima diferencia, 2½-1½, aunque Jiménez Molina —sostén silencioso de todo el torneo— volvió a puntuar. Faltaban dos rondas.

Y entonces llegó el golpe más duro. Austria no dejó resquicio alguno y aplastó a Costa Rica 4-0: cuatro tableros, cuatro derrotas, cero puntos. Para cualquier equipo que hubiera resistido tanto, ese resultado podía sentirse como el final anunciado. Pero quedaba una partida más. Y a veces una historia entera depende, únicamente, de que alguien esté dispuesto a mover una pieza más.

Mónaco, la última puerta.

La decimotercera y última ronda enfrentó a Costa Rica con Mónaco. El equipo llegaba herido por el 0-4 ante Austria, pero no vencido. Vaglio Muñoz abrió la jornada venciendo a Angles d'Auriac; Gutiérrez Mangel hizo lo propio ante Martelli; Jiménez Molina derrotó a Cary; Sobrado firmó tablas frente a Lepine. El marcador final: 3½-½.

No hubo medalla ni podio ni titulares internacionales anunciando una revolución. Hubo algo, quizás, más duradero: 25½ puntos y el lugar 32 entre 48 naciones, por encima de Escocia y apenas detrás de Irán —ambos, curiosamente, con la misma puntuación—, en una zona de la tabla poblada por selecciones de tradición ajedrecística mucho más robusta. Arriba, muy arriba, el oro había sido para Estados Unidos con 37 puntos, la plata para Holanda con 36½ y el bronce para Inglaterra con 35½. Pero entre 48 banderas, bastante más abajo de ese podio, había una que había resistido trece rondas completas y que terminaba por escribir la que sigue siendo, casi medio siglo después, la mejor clasificación olímpica de un equipo absoluto centroamericano.


Los nombres detrás de la cifra.

Dentro de la hazaña colectiva hubo una actuación individual que merece nombre propio: Juan León Jiménez Molina (foto a la par) disputó diez partidas y sumó siete puntos —cinco victorias, cuatro tablas, una sola derrota—, para un rendimiento de 2356, uno de los mejores registros individuales de todo el torneo. Lo acompañaron Vaglio Muñoz con 4 de 10, Gutiérrez Mangel con 4 de 8, Salas Leal con 2½ de 8, Chaves con 3 de 7 y Sobrado con 5 de 9. Entre los seis construyeron aquel 25½ que hoy podría parecer una cifra modesta, hasta que se comprende dónde fue obtenida y frente a quién.

Porque Haifa 1976 no fue la historia de una potencia confirmando su grandeza. Fue la historia de un país pequeño que se negó a comportarse como tal. Cada derrota abrió una herida; cada victoria reencendió la esperanza; y aquella tarde final frente a Mónaco cerró la puerta de una Olimpiada que, sin que sus protagonistas pudieran saberlo entonces, estaba dejando una marca para varias generaciones.


COMO MUESTRA DE LA POLARIZACION...HUBO CONTRAOLIMPIADA. INCREIBLE, SI, PERO SUCEDIÓ.

La XXII Olimpiada de Ajedrez de 1976 celebrada en Haifa, Israel, dejó al descubierto la profunda fractura geopolítica de la época y la inevitable injerencia del poder sobre el deporte. Ante la designación de Israel como sede oficial por parte de la FIDE, el coronel libio Muammar al Gadafi promovió un boicot impulsando un torneo paralelo en Trípoli, con la intención inicial de rivalizar con la cita oficial atrayendo al bloque soviético y a las naciones árabes y no alineadas. Aunque la FIDE terminó autorizando el torneo de Trípoli como un evento internacional sin estatus olímpico oficial, la iniciativa evidenció las tensiones ideológicas y alianzas militares de los años setenta, convirtiéndose en un tablero más de la Guerra Fría y del conflicto en Oriente Medio.

En el plano estrictamente deportivo, la "Contraolimpiada" de Libia careció del nivel competitivo y la rigurosidad organizativa de la cita oficial en Haifa. La ausencia del temible bloque soviético y de las potencias ajedrecísticas occidentales rebajó notablemente la calidad técnica de las partidas, agravada por una logística caótica, jornadas inconclusas y deficiencias en la cobertura mediática. Frente al despliegue técnico y la presencia de los mejores equipos del mundo en Israel, la cita en Trípoli se convirtió en un escaparate dominado por la improvisación, el culto a la personalidad de Gadafi y un ostentoso derroche de recursos orientados más a la propaganda que al rigor competitivo.

La modesta convocatoria de 34 naciones abrió paso a sorpresas memorables: la delegación de El Salvador, integrada por jóvenes ajedrecistas como Boris Pineda, René Grimaldi, Salvador Infante, Manuel Velasquez y Roberto Camacho, se proclamó campeona del torneo en Trípoli tras superar a rivales de discreto nivel como Turquía o Túnez. Apodados popularmente como Los Libios, la joven escuadra salvadoreña fue recibida con honores de Estado en su país. Este singular hito reflejó el complejo panorama de la época, donde mientras algunos jugadores celebraban triunfos inesperados, otros enfrentaron severas consecuencias políticas o persecuciones tras su regreso, consolidando a 1976 como un capítulo tan insólito como convulso en la historia del ajedrez mundial.

EL REGRESO DE LOS COSTARRICENSES DE LA OLIMPIADA OFICIAL, LA DE HAIFA.

Las piezas fueron recogidas, las planillas guardadas, y el viaje de regreso comenzó. Pero el tablero había quedado hablando: Costa Rica, 32.ª del mundo. Casi cincuenta años después, esa cifra sigue ahí, esperando que alguien vuelva a preguntarse cómo seis hombres lograron llevar una pequeña bandera centroamericana hasta las laderas del monte Carmelo, frente al mismo mar donde, entre partida y partida, algunos rivales se permitían todavía la ilusión de que el mundo, por un instante, podía ser solamente eso: agua tibia y un tablero esperando la próxima jugada.*** 

Les presentamos una recopilación para muestra del ajedrez de los seis integrantes en ese evento. Por igual, les ofrecemos a todos nuestros visitantes amigos que les podemos dar la base de datos de todas las partidas de la Olimpiada Mundial de Haifa 1976 (1248 partidas), a quien nos la solicite al whassap: (506)61199698.


© Todos los derechos reservados 2023
Hecho con por adjaquemate