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Rudolf Spielmann, el último romántico del ajedrez


Por: Dizàn Ernesto Alvarado.

En la historia del ajedrez, pocos nombres evocan tanta nostalgia como el del maestro austríaco Rudolf Spielmann. Conocido como “el último romántico”, su estilo táctico y sacrificial lo convirtió en un símbolo de una época en que el ajedrez era, ante todo, arte y valentía.

Spielmann fue uno de los atacantes más temidos de la era clásica y autor del célebre tratado The Art of Sacrifice in Chess, obra que aún ilumina el camino de quienes buscan comprender la belleza del riesgo calculado. Su nombre se recuerda también por haber mantenido un score parejo frente al campeón José Raúl Capablanca (+2 −2 =8), prueba de su temple y de su capacidad para medirse con los más grandes.

Nacido en Viena el 5 de mayo de 1883, dedicó su vida al ajedrez, a la escritura y al periodismo especializado. Aunque estudió Derecho, nunca ejerció como abogado: su vocación fue siempre el ajedrez. Recorrió torneos internacionales, ofreció exhibiciones simultáneas y dejó páginas memorables de literatura ajedrecística.

La escuela romántica

Spielmann perteneció a la célebre escuela romántica, caracterizada por:

*ataques directos al rey,

*sacrificios espectaculares,

*juego táctico agresivo,

*y la preferencia por la iniciativa antes que la seguridad posicional.

Entre sus mayores logros figuran los triunfos en Semmering (1926) y Estocolmo (1930), así como victorias frente a campeones mundiales como Capablanca y Alekhine. Su legado literario, condensado en The Art of Sacrifice in Chess, sigue siendo referencia obligada para quienes buscan comprender la alquimia del sacrificio.

Un final marcado por la historia:

Su destino, sin embargo, fue trágico. De origen judío, debió huir del avance nazi tras el Anschluss de Austria en 1938. Refugiado en Suecia, murió en Estocolmo el 20 de agosto de 1942, en condiciones económicas precarias durante la Segunda Guerra Mundial. Su vida, atravesada por la belleza del ajedrez y la dureza de la historia, es testimonio de una época que se extinguió con él.

Mi retorno a la academia.

Tras una larga pausa, he vuelto en estas semanas a entrenar y compartir con nuevos colegas, experiencia que me devuelve la alegría y las satisfacciones de antaño. El sábado pasado, en particular, tuve una sesión en línea con un joven colombiano de doce años, de notable nivel técnico, que se prepara para disputar el Panamericano de Medellín en julio.

Formar a un ajedrecista, pienso, no consiste únicamente en transmitirle la última teoría, sino en impregnarle la convicción de que todo en ajedrez es importante: la génesis de un sistema, sus mejores exponentes, la evolución del juego mismo, y también la historia de quienes dejaron huella profunda.

En el mundo entero se repite una frase clásica y entrañable: “el ajedrez es un deporte de caballeros”. Lamentablemente, esa idea se ha visto deslucida en los tiempos convulsos y acelerados que nos toca vivir. La organización del ajedrez, siempre frágil por la escasez de recursos econòmicos, ha sido víctima de personajes brillantes pero manipuladores, presentes ayer y hoy, en todos lados.

La voz de Spielmann

En una carta dirigida por Spielmann a Alekhine en 1934, se percibe un lenguaje erudito, no académico en exceso, pero sí hilvanado con elegante sencillez. Así debería ser siempre el uso del idioma: un puente claro y noble para comunicar las ideas. Sus palabras, impregnadas de nostalgia y dignidad, nos recuerdan que el ajedrez no es solo cálculo y técnica, sino también memoria, cultura y humanidad.

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Rudolf Spielmann
"YO ACUSO"
Por Rudolf Spielmann.

"Ilustre CAMPEÓN DEL MUNDO, Dr. Alekhine:
Usted se sorprenderá mucho, señor CAMPEÓN DEL MUNDO, de mi descaro, que no tiene moderación ni ante las gradas de su trono. Sin embargo, "YO ACUSO". Naturalmente que no a su juego genial, por el cual, como entusiasta del ajedrez, estoy altamente maravillado. No. Mi acusación no se refiere al CAMPEÓN DEL MUNDO, doctor Alekhine, sino al colega doctor Alekhine. Porque, no obstante sus manifiestos prodigios ajedrecísticos, nosotros somos todavía sus colegas de profesión, de los cuales, al fin y al cabo, hasta usted tiene necesidad para sus proezas inmortales.

Un proverbio dice: "LA RIQUEZA ES UN CUCHILLO PRECIOSO, PERO QUE ES NECESARIO USARLO PARA CORTAR PAN Y NO PARA HERIR". Sus antecesores: Steinitz, Lasker, Capablanca, han tenido fe en este proverbio y han solicitado en los "Torneos Magistrales" las mejores condiciones generales para todos. Usted no querrá ofenderse si yo examino con qué fines usted ha usado sus cortantes armas de CAMPEÓN DEL MUNDO.Trate de comprender que en mí no habla la envidia. Yo sería el último en oponerme a su derecho, conquistado con fatiga. En todos, las colaboraciones más elevadas son recompensadas de un modo particular: ¿Por qué no debe ser así también en ajedrez?
Usted, sin embargo, tanto en San Remo en 1930, como en Bled en 1931, además del honorario extraordinario, ha impuesto condiciones especiales y con esto ha eliminado "prácticamente" al maestro Capablanca de estos torneos. Naturalmente, usted no lo ha eliminado directamente, pero ha escogido un procedimiento mucho más oculto, que no cambia con esto en nada la esencia de las cosas, procedimiento que yo, como experto, quiero examinar. ¿Debe Capablanca expiar, así, tan duramente, su victoria de Nueva York, 1927?

Pero olvidemos el pasado, ya sepulto, y ocupémonos mejor de su colega Nimzowitsch, que debería ser, después de usted y Capablanca, el maestro más cotizado de la actualidad. ¿No parece extraño el hecho de que él no haya obtenido una invitación para el Torneo de Londres, ni para ahora el de Berna? Por lo menos habría sido fácil para usted establecer las condiciones para su invitación. Como laureado en leyes, le será ciertamente conocido el "dolus eventualis".

No basta. Hasta yo, pobre ajedrecista, parece que me he transformado en un concurrente "indeseable". No de otro modo se puede explicar mi brusco alejamiento de Berna, ya que desde hace dos meses he dejado de recibir, regularmente, las invitaciones, y éstas eran de un modo no del todo espontáneo.

El Comité de Berna decidió, evidentemente después de su tardía adhesión, que un maestro internacional se convirtiera en "supernumerario".

MIS PARABIENES POR SU EXTRAORDINARIA INFLUENCIA. ¿Qué potencia del mundo, fuera de la del CAMPEÓN DEL MUNDO, hubiera podido impedir a la Federación Suiza de Ajedrez, el invitar siete, en vez de seis maestros internacionales? El equipo suizo habría estado fuertemente representado con nueve hombres, lo que habría sido suficiente, para su representación.

Así que, mi querido CAMPEÓN DEL MUNDO, evite en lo sucesivo a sus adversarios, que así podrá obtener todavía grandes triunfos, debido a la DESVALORIZACIÓN DEL MUNDO AJEDRECÍSTICO; deponga, por lo tanto, el bastón de mando, de lo contrario deberé repetirle la palabra bíblica del profeta Oseas, referida por San Marcos: "QUIEN SIEMBRA VIENTOS, COSECHA TEMPESTADES".
La medida está colmada. De una a otra parte del océano, álzanse engrosando, airadas voces de protesta contra la DICTADURA DEL CAMPEÓN DEL MUNDO."
Firmado, Rudolf Spielmann.
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Mi reflexiòn final.

Evocar a Spielmann es recordar que el ajedrez, más allá de sus variantes modernas y su rigor competitivo, sigue siendo un arte de evocación y sacrificio. Y en el retorno a la academia, en el diálogo con nuevas generaciones, se renueva la esperanza de que ese espíritu romántico no se pierda del todo, sino que continúe inspirando a quienes buscan en el ajedrez algo más que victorias: buscan belleza, historia y trascendencia.

Mi pròximo homenajeado y del que, estoy estudiando e investigando un poco màs y que a mi gusto era un artista es el excampeòn mundial Alexander Alekhinne, de quien de paso, he hecho en el pasado varios torneos memoriales en su honor. Cierro presentandoles una bonita partida del Maestro Spielmann que espero la disfruten.

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