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“Deja vu en el tablero de la historia y sus acantilados”


Por: Dizán Ernesto Alvarado

A mi espíritu melancólico, el clima de esta mañana dominical en San José de Costa Rica —oscura, silenciosa y bucólica, bajo un cielo que anuncia lluvia con la misma certeza con que el tiempo anuncia sus recuerdos— lo incita a uno a escribir.

Siempre que el ajedrez convoca a los pueblos a la liturgia de practicarlo, mi imaginación encuentra refugio en la hermosa República de Cuba. Hay algo en aquella isla que trasciende la mera geografía. Su atmósfera, su historia y sus contradicciones evocan una suerte de respeto casi religioso hacia el ajedrez, disciplina que durante generaciones ha servido de refugio intelectual y de afirmación espiritual para un pueblo resiliente, sometido a las complejas corrientes de la historia más que a los errores de sus propios hijos.


Visité Cuba por primera vez durante la década de los noventa. Me acompañaba quien entonces era una de las grandes promesas infantiles del ajedrez costarricense y hoy es un respetado profesional: Dr. Juan Diego García-Castro. Compartíamos la pasión por las sesenta y cuatro casillas y la curiosidad por comprender el mundo más allá de los tableros.

Permanecimos cerca de un mes entre seminarios, torneos y largas caminatas. Recorrimos La Habana, Santiago de las Vegas, Bejucal y otros rincones menos conocidos de la isla. Viajamos en guagua, a pie y, sobre todo, con la disposición de quien desea observar sin prejuicios. Aquella experiencia tuvo algo de iniciación. Descubrimos la cotidianidad cubana, sus luces y sombras, su capacidad para la alegría en medio de la escasez, y esa dignidad silenciosa que tantas veces sobrevive donde las circunstancias parecen empeñadas en destruirla.


Regresé en otras ocasiones. Sin embargo, con el paso de los años he llegado a sospechar que nunca regresé del todo. Una parte de mí permanece aún caminando por aquellas calles, escuchando conversaciones en portales habaneros, observando partidas de ajedrez improvisadas en parques y cafeterías, incrèdulo de como se sostienen sus edificios derruidos -tal cuàl torres de Pisa- tratando de comprender una realidad que desafía simplificaciones.

La sociedad cubana constituye uno de los fenómenos históricos más fascinantes de América Latina. Estudiar sus éxitos y sus fracasos equivale, en cierta forma, a contemplarnos a nosotros mismos reflejados en un espejo incómodo. En la experiencia cubana convergen los sueños de justicia social, los límites del poder político, las tensiones de la geopolítica mundial y las consecuencias que pueden derivarse cuando una nación queda atrapada entre fuerzas históricas superiores a ella.


He seguido durante años la historia de Cuba, la evolución de su cultura y la trayectoria de sus ajedrecistas. He compartido amistad y conversaciones con numerosos jugadores cubanos, y quizá por ello esta mañana de lluvia inminente me asalta una reflexión que deseo compartir.

No pretendo formular verdades definitivas. Apenas propongo un ejercicio intelectual: recorrer algunos episodios fundamentales de la historia cubana y, posteriormente, aventurar una pregunta tan sencilla como imposible de responder con certeza.

¿Qué habría ocurrido si Cuba hubiese recorrido otro camino?

La historia no admite segundas partidas. Como en el ajedrez, cada movimiento modifica irreversiblemente la posición. Sin embargo, analizar las variantes que nunca llegaron a jugarse puede ayudarnos a comprender mejor las decisiones que sí fueron tomadas.

Y pocas naciones ofrecen un terreno tan fértil para ese ejercicio como Cuba. La llegada de Fulgencio Batista al poder constituye uno de los puntos de inflexión más importantes de la historia contemporánea cubana.

Fulgencio Batista y Zaldívar emergió como figura nacional durante la llamada Revolución de los Sargentos, ocurrida el 4 de septiembre de 1933. En aquel momento era apenas un sargento taquígrafo del ejército. Sin embargo, los acontecimientos de aquella jornada alteraron de manera profunda el rumbo político de la isla.

Aunque inicialmente no ocupó la presidencia, logró controlar las fuerzas armadas y convertirse en el verdadero centro del poder cubano durante gran parte de la década de 1930.  Posteriormente sería elegido presidente constitucional para el período 1940-1944, bajo una Constitución considerada por numerosos especialistas como una de las más avanzadas de América Latina en su época.

No obstante, el episodio que marcaría de manera definitiva su legado ocurrió el 10 de marzo de 1952. Ante la perspectiva de una probable derrota electoral, Batista encabezó un golpe de Estado que suspendió el proceso democrático y concentró nuevamente el poder en sus manos. Aquella decisión abrió una herida política que terminaría modificando el destino de Cuba durante generaciones.

Entre quienes condenaron la ruptura del orden constitucional se encontraba un joven abogado llamado Fidel Castro. Sus primeros intentos de oposición transcurrieron dentro de los mecanismos legales existentes. Al fracasar estos esfuerzos, optó por la vía insurreccional, decisión que conduciría al asalto al Cuartel Moncada y, años más tarde, al triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959.

Con la huida de Batista concluyó una época. Otra comenzaba.  Y con ella, Cuba pasaría de ser un asunto nacional a convertirse en una de las piezas más sensibles del gran tablero geopolítico de la Guerra Fría.


¿ERA TAN MALA LA CUBA DE BATISTA?

La respuesta depende del lugar desde donde se observe el paisaje.

La Cuba de los años cincuenta no era una realidad uniforme. Desde ciertos indicadores económicos, especialmente urbanos, figuraba entre las naciones más desarrolladas de América Latina. La Habana brillaba como uno de los grandes centros culturales y turísticos del hemisferio occidental. Existía una importante clase media, universidades prestigiosas, una activa vida intelectual y niveles de electrificación e infraestructura que superaban a muchos de sus vecinos regionales.

Sin embargo, aquella prosperidad tenía grietas profundas.  Lejos de los hoteles, casinos y avenidas habaneras, vastas regiones rurales continuaban atrapadas en la pobreza. Numerosos campesinos carecían de tierras propias; el desempleo estacional ligado a la producción azucarera condenaba a miles de familias a la incertidumbre, mientras el acceso a servicios básicos seguía siendo desigual.

La cuestión cubana no era únicamente económica. Era también política.   La corrupción, la concentración del poder y el desgaste de las instituciones alimentaban un creciente desencanto. Cuando las vías democráticas quedaron clausuradas tras el golpe de 1952, numerosos sectores comenzaron a percibir la lucha armada como la única alternativa posible.

UNA NUEVA ERA IRRUMPE.

La fecha oficialmente reconocida como el triunfo de la Revolución Cubana es el 1 de enero de 1959.

No obstante, existe una poderosa carga simbólica en otra jornada: el 8 de enero de ese mismo año, cuando Fidel Castro entró triunfalmente en La Habana. Aquella imagen quedó grabada en la memoria colectiva de generaciones enteras. Para muchos representaba el nacimiento de una esperanza. Para otros, el inicio de una incertidumbre cuyas consecuencias aún continúan desplegándose.

La Revolución Cubana suele ser narrada mediante dos relatos opuestos. Uno describe una nación próspera destruida por los revolucionarios.  El otro presenta un pueblo oprimido que finalmente logró liberarse.  Ambas versiones contienen fragmentos de verdad y, al mismo tiempo, simplificaciones inevitables. La historia rara vez se acomoda a los extremos.

Es importante recordar que una parte considerable de quienes apoyaron inicialmente la lucha contra Batista no eran comunistas. Su aspiración fundamental consistía en restaurar el orden constitucional y construir una democracia más sólida.  Sin embargo, las revoluciones poseen una dinámica propia. Una vez liberadas, las fuerzas históricas suelen avanzar por caminos que pocos anticipan.

¿Qué impulsó realmente la Revolución?

Probablemente la convergencia de múltiples factores: la oposición a la dictadura, la corrupción gubernamental, las desigualdades sociales, el fuerte nacionalismo cubano y, por supuesto, el extraordinario liderazgo político de Fidel Castro.  Cuando Batista abandonó la isla en enero de 1959, buena parte del país recibió a los revolucionarios con auténtico entusiasmo.

Nadie podía prever todavía la magnitud de las transformaciones que estaban por venir.

EL ENCUENTRO CON EL IMPERIO.

Uno de los errores más frecuentes consiste en imaginar que la confrontación entre Cuba y Estados Unidos nació de manera inmediata.   La realidad fue mucho más gradual.  Durante los primeros meses de 1959 predominó la cautela. Washington observaba con atención al nuevo gobierno intentando descifrar cuál sería su orientación definitiva.

Pero la relación comenzó a deteriorarse.   Las nacionalizaciones de propiedades estadounidenses, las reformas agrarias, el creciente acercamiento a la Unión Soviética y la progresiva radicalización ideológica del proceso revolucionario despertaron preocupación en la administración norteamericana.

Aquellos acontecimientos ocurrieron en el contexto de la Guerra Fría, un escenario donde cada movimiento era interpretado como parte de una disputa global entre dos sistemas antagónicos.

La lógica geopolítica terminó imponiéndose.  Para Washington, la existencia de un gobierno aliado de Moscú a apenas ciento cincuenta kilómetros de Florida constituía una amenaza inaceptable. Para La Habana, en cambio, las presiones estadounidenses confirmaban la necesidad de defender su soberanía y buscar aliados capaces de garantizar su supervivencia.

Ambas visiones coexistieron, se alimentaron mutuamente y contribuyeron a profundizar el conflicto. El punto de ruptura definitivo llegó alrededor de 1960.  Luego vendrían la ruptura formal de relaciones diplomáticas, la invasión de Bahía de Cochinos, la declaración del carácter socialista de la Revolución y, finalmente, la Crisis de los Misiles.

Quizá ningún episodio refleje mejor la fragilidad de la condición humana.  Durante varios días, el destino del planeta dependió de decisiones tomadas por un reducido grupo de hombres encerrados en oficinas y centros de mando.  El mundo estuvo más cerca que nunca de una guerra nuclear.

Y Cuba quedó situada exactamente en el centro del tablero.

¿ODIO O GEOPOLÍTICA?

La respuesta probablemente contenga elementos de ambas cosas.  Sin embargo, el factor predominante fue la geopolítica.   Los imperios rara vez actúan impulsados exclusivamente por sentimientos. Lo hacen movidos por intereses, cálculos estratégicos y percepciones de seguridad.

Desde la perspectiva estadounidense, Cuba representaba una amenaza potencial. Desde la perspectiva cubana, Estados Unidos actuaba como una potencia incapaz de tolerar la autonomía política de una pequeña nación vecina.

Ambas narrativas poseen fundamentos históricos y ambas contienen componentes propagandísticos. Tal vez la tragedia resida precisamente en ello.  Cada parte terminó encontrando pruebas que confirmaban sus temores iniciales.   Y así, durante décadas, el conflicto se convirtió en una profecía que se alimentaba a sí misma.


MI TEORÍA SOBRE LA CUBA QUE PUDO HABER SIDO.

Toda historia contiene caminos que jamás llegaron a recorrerse.   Esta reflexión parte de una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, imposible de responder con certeza:

¿Qué habría ocurrido si Cuba no hubiera quedado atrapada entre las tensiones geopolíticas de la Guerra Fría?

Imaginemos por un instante una Cuba sin embargo económico, sin aislamiento prolongado y sin la presión constante derivada de su enfrentamiento con Estados Unidos.

No se trata de negar errores internos ni de atribuir todas las dificultades a factores externos. Las decisiones económicas, la centralización política, las ineficiencias administrativas y la dependencia de aliados extranjeros también forman parte de la historia cubana.   Pero imaginemos, simplemente, otra variante de la partida.

LA CUBA ECONÓMICA

La isla nunca ha sido un territorio especialmente rico en recursos naturales. Sin embargo, posee ventajas extraordinarias.  Su ubicación geográfica es privilegiada.  Dispone de tierras fértiles, reservas minerales relevantes, una tradición educativa notable y una población con altos niveles de formación.   Sin restricciones comerciales prolongadas, es probable que hubiera desarrollado una economía mucho más diversificada.

La industria turística habría alcanzado dimensiones aún mayores décadas atrás. Los puertos cubanos podrían haberse convertido en centros logísticos fundamentales para el comercio hemisférico.  La agricultura habría evolucionado más allá de la dependencia histórica del azúcar. La biotecnología y la industria farmacéutica habrían encontrado acceso a mercados globales. Quizá Cuba nunca se habría convertido en una potencia económica mundial.   Pero resulta razonable imaginarla ocupando una posición similar a la de algunas de las sociedades más estables y desarrolladas de América Latina.

LA HABANA QUE NO EXISTIÓ.

Existe una imagen que siempre regresa a mi memoria.  Caminar por La Habana equivale a recorrer simultáneamente varias épocas históricas.  Es una ciudad hermosa y herida, majestuosa y agotada, vibrante y melancólica.  En la Cuba alternativa que imagino, gran parte de aquella arquitectura colonial y republicana habría sido restaurada de manera sistemática.

El Malecón podría haberse transformado en uno de los paseos urbanos más emblemáticos del continente.  Los viejos automóviles estadounidenses existirían todavía, pero como piezas de colección y no como una necesidad impuesta por las circunstancias.  La ciudad conservaría su memoria sin verse obligada a vivir permanentemente dentro de ella.

LA VIDA COTIDIANA.

Quizá la diferencia más profunda habría estado en la experiencia diaria de los ciudadanos. El cubano promedio probablemente habría tenido acceso más amplio a mercados internacionales, mayores oportunidades laborales, salarios más elevados y una movilidad mucho más fluida.

La emigración continuaría existiendo, como ocurre en prácticamente toda América Latina.  Pero difícilmente habría alcanzado las dimensiones dramáticas observadas durante distintos momentos de la historia reciente.

EL AJEDREZ, LA CULTURA Y EL DEPORTE.

Hay un aspecto que me resulta particularmente cercano. Cuba poseía una tradición ajedrecística extraordinaria incluso antes de la Revolución.  La figura inmortal de José Raúl Capablanca ya había colocado a la isla en la cima del ajedrez mundial.  Posteriormente, la influencia soviética aportó estructuras de entrenamiento y formación que fortalecieron aún más ese legado.

Sin embargo, en un escenario de plena integración internacional, es posible imaginar una comunidad ajedrecística aún más robusta, con mayor cantidad de torneos, patrocinadores, intercambios académicos y profesionales dedicados exclusivamente al juego.

Lo mismo podría afirmarse de la música, la literatura, el béisbol y las artes.  La creatividad cubana nunca ha necesitado permiso para existir.  Pero sí habría agradecido menos obstáculos para expandirse.


LO QUE NO HABRÍA CAMBIADO.

Tampoco conviene idealizar.  Ninguna nación escapa a las limitaciones de la realidad.  Cuba seguiría enfrentando huracanes devastadores, dependencia energética, restricciones materiales y desigualdades sociales.

No existiría una Cuba perfecta.  Las utopías suelen resultar tan engañosas como los pesimismos absolutos.

UNA REFLEXIÓN FINAL.

Si tuviera que condensar toda esta especulación en una sola idea, diría que una Cuba plenamente integrada al comercio internacional probablemente no sería una superpotencia ni una nación excepcionalmente rica.  Pero difícilmente sería la isla detenida en el tiempo que muchos observadores describen hoy.

Quizá habría llegado a convertirse en una sociedad de ingresos medios-altos, reconocida por su educación, su cultura, su biotecnología, su turismo y su capital humano.   La gran incógnita histórica, sin embargo, permanece intacta.

Aun sin embargo ni confrontación geopolítica, ¿habrían las decisiones internas permitido aprovechar plenamente aquellas oportunidades?

Nadie puede responder con certeza. Tal vez esa sea la pregunta más importante de todas. Porque el destino de los pueblos nunca depende de una sola causa. Ni de un solo hombre. Ni de una sola ideología.

Al contemplar el mundo actual, uno descubre que los mecanismos fundamentales de la historia apenas han cambiado. Los imperios antiguos desaparecen, otros emergen, algunos regresan con nuevos nombres, pero las disputas por recursos, influencia y poder continúan reproduciéndose con una persistencia casi inmutable.

Y mientras las nubes oscuras de esta mañana costarricense continúan acumulándose sobre el horizonte, vuelvo a pensar en Cuba. Pienso en sus calles, pienso en sus ajedrecistas, pienso en sus contradicciones, pienso en su extraordinaria capacidad para sobrevivir.

La palabra historia, en su raíz griega, significa investigación. Investigar para evitar que los hechos se pierdan en el olvido. Investigar para preservar la memoria de quienes caminaron antes que nosotros.

Quizá ese sea, después de todo, el propósito de estas líneas. No dictar sentencia. No repartir culpas.No ofrecer respuestas definitivas. Tan solo dejar constancia de una huella. La huella cubana. Una huella que continúa escribiéndose ante nuestros ojos mientras el tiempo, indiferente y silencioso, sigue avanzando hacia la próxima página.

Cierro este ensayo con una frase cèlebre de Josè Martì y que encierra un potente mensaje:  

"Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre."

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